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Reconciliémonos... hacia un destino de Paz y Prosperidad

EDITORIAL

Colombia, Marzo de 2011


El conflicto armado colombiano lastima cotidianamente las fibras del sentimiento nacional, sin haber logrado todavía concitar en el país aquella masa crítica de voluntades capaces de impulsar y concretar su solución pacífica. Despierta interés y anima debates y propuestas en la comunidad internacional que se solidariza con las víctimas y condena a los victimarios, poniendo incluso en el banquillo de los acusados a los Gobiernos de turno. Su inusitada duración de medio siglo de hostilidades, la complejidad de sus causas, sus dramáticas consecuencias y los malogrados y truncos procesos del Caguán y Ralito, siguen dando de qué hablar a los hombres y mujeres de buena voluntad que quieren entender de qué se trata en definitiva esta tragedia humanitaria para la cual pareciera que no existe solución a la vista.

Desde mediados del siglo pasado hasta el presente no solo el Mundo ha cambiado mucho, tampoco Colombia es la misma. Sin embargo, amplias zonas del país yacen hace décadas bajo el dominio continuado de unos u otros grupos armados ilegales, de naturaleza guerrillera, paramilitar, autodefensas o variopintas bandas armadas principalmente dedicadas al narcotráfico, con denominaciones y retóricas diferenciadas, pero con similares consecuencias de expansión territorial, crímenes de todo tipo, muerte y desamparo, coerción social y apropiación violenta de bienes ajenos, con desprecio por la vida y la naturaleza. Comportamientos rebeldes y sediciosos, o sencillamente delincuencia organizada, con sus propios discursos de justificación y propaganda, más estridentes o menos, según las fases del conflicto y las reacciones gubernamentales de carácter nacional o regional, políticas unas veces apaciguadoras, otras represivas, no pocas veces corruptas o complacientes, y a la luz de los resultados habidos escasamente exitosas en términos de presencia estatal, desarrollo social y económico de las comunidades afectadas por la violencia.

Es en este contexto histórico y a partir del presente conflictivo y caótico que padece nuestro país que sostenemos necesario e impostergable hacer oír sin sordina ni censura nuestra voz desmovilizada y desarmada, para que nuestras semillas de Paz y Reconciliación encuentren finalmente tierra fértil donde germinar y extenderse convencidos como estamos que Colombia reclama con justicia su derecho a vivir en paz y prosperidad. Estamos convencidos que urge humanizar todo aquello que la guerra ha degradado, con el propósito de sanar y fortalecer el tejido social, abriendo trocha en el camino de la participación y el diálogo, de tal manera que no haya exclusión ni sectarismo, a la hora de sumar e integrar en libertad y respeto aquellos que hoy permanecen marginados y silenciados, relegados al olvido, postergados en sus legítimos derechos humanos y sociales.

El Señor Presidente Juan Manuel Santos ha dicho que las llaves de la Paz no han sido arrojadas al fondo del mar y que sueña con ser el Presidente que logre la Paz de Colombia. Ha mencionado también que si con las ‘Bacrim’ cabe designar desde la Presidencia un emisario para conversar con ellas, incluso la Cruz Roja Internacional pudiera cumplir esa tarea de acercamiento, facilitando su regreso pronto al imperio de la Ley. El Señor Vicepresidente Angelino Garzón ha manifestado recientemente en las Naciones Unidas que el actual Gobierno mantiene abierta su voluntad de Paz. Son antecedentes suficientemente elocuentes sobre las buenas intenciones y no es poco viniendo de autoridades de tamaña jerarquía. Las expresiones en el sentido de abrir caminos de Paz no han faltado y se suceden a diario en la Comunidad internacional, incluso las guerrillas alzadas en armas y grupos armados diversos han hecho saber dentro y fuera del país que quieren ser oídos y participar de diálogos y negociaciones que conduzcan a silenciar los fusiles y diseñar hojas de ruta que conduzcan al puerto de la Paz y la Reconciliación.

Dicho lo anterior al respecto de quienes aún permanecen en pié de guerra, no sobra manifestar que la existencia hoy de decenas de miles de desmovilizados provenientes de las filas de autodefensas y de guerrillas, unos libres en sus casas, otros en cárceles del país y del exterior, y otros desgraciadamente asesinados o vueltos a la ilegalidad, constituye un conjunto de problemáticas individuales y sociales que ameritan intervenciones de todo tipo dirigidas a afianzar y recuperar esas energías y capacidades humanas para ponerlas al servicio del bien común y el progreso de Colombia.

Sentimos el llamado de la Patria a trabajar en beneficio de los ideales de sana convivencia y armonía, respetando la diversidad y poniendo la solidaridad por encima de cualquier egoísmo, rescatando los derechos humanos de cualquier desviación o alienación política o económica. No se trata de propagandizar una organización, tampoco de hacer proselitismo, sino de poner el dedo sobre ciertas llagas que evidencian las heridas del cuerpo social lastimado por décadas de conflicto armado y miserias éticas y materiales. Queremos manifestar qué nos duele de Colombia y qué camino visualizamos para que las realidades se modifiquen en el buen sentido, en las trayectorias y metas que queremos merecer como sociedad, como país, para pasar de la violencia a la armonía, de la injusticia a la justicia, de la indiferencia a la solidaridad, del ‘no futuro’ al futuro próspero y pacífico, sin más víctimas ni victimarios, sin vencedores ni vencidos.

Comité Editorial

1 comentario:

  1. Gracias Daniel por compartir este artículo, esperemos que este gobierno logre enderezar todas las desviaciones que han sufrido los procesos de paz en Colombia, especialmente con los paramilitares. No entiendo aún porque extraditaron a muchos de los cabecillas (bueno si entiendo pero no lo acepto), estas personas eran claves pata ayudar a esclarecer los hechos que cometieron y el estar lejos de Colombia ha hecho un proceso demasiado tortuoso para los familiares de las vícitmas.

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