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Aplaudimos la decisión de incorporar al doctor Baltasar Garzón a la Mapp-OEA

EDITORIAL

Colombia, Abril de 2011



Los pronunciamientos de la Comunidad internacional sobre Colombia merecen de nuestra parte consideración y respeto, y son objeto de estudio y debate. Las recomendaciones y críticas que ONG, entidades multilaterales, agrupaciones políticas, religiosas y sociales, así como académicos, intelectuales y diplomáticos, manifiestan periódicamente sobre las cuestiones inherentes al conflicto armado colombiano constituyen una bienvenida fuente de información y análisis que, sumados al conocimiento y experiencias que nutren nuestra condición de desmovilizados, permiten medir hasta qué punto nuestra visión se identifica y complementa, o incluso contrapone, con la de quienes desde otras latitudes y miradas aportan su criterio y su buena voluntad para facilitar soluciones y establecer caminos que nos permitan no seguir chapoteando en el lodazal de un conflicto que amenaza extenderse y perpetuarse.

No nos sorprende, ni tampoco nos molesta, por el contrario nos motiva y nos entusiasma, que también en el campo de la elaboración y propuesta de las posibles soluciones aparezcan perfilados los fundamentos ideológicos y los contenidos políticos que caracterizan la dialéctica del mundo en que vivimos, con sus diferentes lecturas de las problemáticas actuales y del pasado, así como con sus variadas maneras de vislumbrar los mejores caminos hacia el futuro. Todo este bagaje de interpretaciones, con sus contradicciones y limitaciones, con su novedad y su historia, constituye la fuente de donde es necesario beber, para ilustrarse y prepararse, controvertir y acordar, dialogar y también sanamente competir para que no falten escenarios y perspectivas democráticamente dispuestas donde quepamos todos los que apostamos por superar enconos y hostilidades, deponiendo agresiones y enfrentamientos violentos, asumiendo que los cambios y los conflictos son propios de la sociedad humana y, lejos de pretender avasallar e imponer por la violencia, se trata de propiciar las negociaciones y los acuerdos civilizados y democráticos, respetando la voluntad y el sentimiento de las mayorías y también de las minorías.

Durante muchos años la democracia colombiana se limitó a expresiones restringidas de participación que se sostuvieron sobre la exclusión de amplias capas de la población, marginando a unos, persiguiendo a otros, silenciando a unos cuantos y convirtiendo el hacer político en un hacer de pocos para pocos. Afortunadamente, Colombia no es hoy la misma de hace cincuenta años, ni hablemos de la Colombia de principios del siglo pasado. Sin embargo, estamos lejos de poder considerarnos satisfechos con los logros, porque si en las décadas recientes se han ido removiendo obstáculos y superando limitaciones, también es cierto que la población ha crecido, los problemas se han multiplicado y nuestro país es un país enormemente más complejo, donde el conflicto armado ha mutado y se ha extendido y degradado, donde la riqueza ha aumentado pero también se ha incrementado el abismo entre quienes más tienen y quienes tienen poco o nada. Y si hace cincuenta años el narcotráfico era incipiente e inocuo hoy se ha convertido en el banquero de la guerra, en el combustible que incendia el país y riega la pólvora, encendiendo todas las alarmas y obligándonos a tomar conciencia y extremar el análisis de soluciones consistentes y sostenibles.

Ante este panorama que legítimamente nos preocupa, también es necesario y urgente ocuparnos, y así como resulta determinante extender la práctica del diálogo y debate nacional, convocando los ánimos a socializar las iniciativas y acercar a las partes interesadas en construir soluciones, cabe también acercar y estrecharnos con las diversas expresiones de la Comunidad internacional y fortalecer los lazos de comunicación en desarrollo del espíritu de integración mundial y reconocimiento fraterno que convivimos en un planeta que es nuestra casa Tierra, donde ya no somos islas indiferentes sino continentes unidos por puentes y canales cada día mejor transitados y consolidados.

En el aquí y ahora del proceso de paz no podemos sino felicitar y augurar que la Mapp-OEA haya renovado su compromiso y participación tan relevante que desde 2004 viene acompañando el tránsito del desarme, desmovilización y reinserción de más de treinta mil integrantes de las ex autodefensas. No ha sido y todavía no lo es un camino sencillo.


Por el contrario, ha sido y sigue siendo un sueño de paz y reconciliación que ha seguido adelante en medio de pesadillas e incomprensiones, enemistades y prejuicios de todo tipo, los cuales urge seguir superando en búsqueda que la sociedad, sus instituciones y organizaciones rodeen con su apoyo y solidaridad lo que es apenas un primer y valiente paso hacia la desmovilización de todos los combatientes y de todos los actores del conflicto armado.

La llegada de la Mapp-OEA a Colombia significó en su momento un respaldo internacional contundente a los diálogos de paz aunque no resultó suficiente a partir de 2006 para mantener en pié las negociaciones que se venían adelantando y que se truncaron por decisión unilateral del anterior Gobierno, actitud incomprensible y nefasta bajo todo punto de vista, cuando el componente judicial del proceso apenas comenzaba su marcha y la reinserción debía realizarse en medio de un conflicto armado que amenazaba con sus tentáculos a miles y miles de desmovilizados que se vieron súbitamente despojados de toda protección física y política.

Unos cuantos años después y tras un período signado por violencias inusitadas que afectan todavía a la población colombiana, en particular a víctimas y desmovilizados, y tienen conmovido al país, se anuncia inminente la incorporación a la Mapp-OEA del prestigioso juez español Baltasar Garzón. No dudamos que su presencia en Colombia dará un marco internacional de apoyo y relanzará el entero proceso de paz inconcluso y abrirá un ancho camino de credibilidad y legitimidad no solo al componente de Justicia y Paz, sino también a los cabos sueltos y enmarañados que impiden el tránsito hacia la reinserción con plenos derechos a la vida civil de quienes hoy libres o encarcelados, en Colombia y en Estados Unidos, mantienen intacta su determinación de completar exitosamente el entero proceso de paz.

Aplaudimos la dimensión humanitaria y la magnífica oportunidad que se abre para la construcción de paz de Colombia a partir del bienvenido reforzamiento que se hace a la Mapp-OEA con la incorporación del doctor Baltasar Garzón. No dudamos que con su aporte jurídico y su experimentada comprensión de los lazos entre sociedad y política la justicia transicional recibirá un notable impulso así como la Ley de víctimas, y las reformas a la Ley de Justicia y Paz para que constituyan un todo armónico al servicio de la pacificación y reconciliación del país.

En cuanto a la necesidad imperiosa de satisfacer las metas inconclusas de los acuerdos políticos alcanzados entre el Gobierno nacional y las ex AUC a partir de resolver los compromisos en la Mesa incumplidos por el Gobierno anterior y concretar la repatriación de los extraditados del Proceso de Paz tampoco dudamos que la Mapp-OEA con la participación del doctor Baltasar Garzón facilitará la elaboración del marco de solución integral que honre los compromisos del Estado nacional, dé lugar a la reconciliación de víctimas con victimarios, y satisfaga los estándares internacionales en materia de Verdad, Justicia y Reparación.


Comité Editorial

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