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A grandes males grandes remedios

EDITORIAL

Colombia, junio de 2011

Una estimulante bocanada de aire fresco sobre el violentado cuerpo social ha resultado en estos días la reiteración hecha pública ante distintos medios de comunicación por parte del obispo de Montería, Monseñor Julio César Vidal, acerca de la disposición que tienen las estructuras denominadas ‘bacrim’ de someterse a la Justicia, según lo que le han hecho saber sus líderes que han dicho representar a no menos de 5.000 de sus integrantes distribuidos en diferentes zonas del país. Nadie que conozca y haya padecido las consecuencias del accionar delictivo de estas bandas, asociadas de hecho, según las coyunturas, tanto del antiguo y residual paramilitarismo como también en ocasiones de los frentes guerrilleros, puede no sentir alivio ante la perspectiva de una solución humanitaria y judicial que atienda el clamor de las poblaciones afectadas urgidas de poner a salvo sus vidas y sentir por fin los beneficios reparadores de la presencia y protección eficaces del Estado y sus instituciones.

La respuesta del Gobierno ha sido la de negar de plano cualquier posibilidad de negociación política con las ‘bacrim’, entendible esto por las infinitas dudas que sugiere el manto de silencio que estas organizaciones han preferido extender sobre su acontecer y propósitos, lo que pone en primer lugar la opción del sometimiento a la Justicia ante la Fiscalía. Sin embargo, sería impensable y sobre todo poco práctico y carente de realismo hoy en Colombia caracterizar la naturaleza del conflicto armado interno y sus posibles vías de solución y salida, sin tomar en consideración que entre los actores armados ilegales no solo existen aquellos definidos netamente a partir de su componente ideológico, o su perfil político, desde los de carácter subversivo o antisubversivo, hasta sus largos brazos terminados en manos oscuras de izquierda o derecha, sino que la ocupación y control que hacen todos aquellos de los territorios y zonas de influencia involucrados se realiza mediante el despliegue sobre el terreno de eslabones colindantes que incluyen no solo cultivos ilícitos y narcoeconomías varias sino expresiones difícilmente identificables donde confluyen en las sombras ilegalidades de diferente cuño y modalidades que resultando funcionales a unos y otros actores más visibles del conflicto, actúan como factores de perturbación y violencia, así como de reciclaje y perpetuación del conflicto armado y social, de cuya neutralización y desmonte se derivarían beneficios de enorme poder sanador para la entera sociedad.

La Fiscalía es el canal idóneo para acusar y llevar ante la Justicia a quienes estén dispuestos a regresar a la vida civil y la legalidad, pero carece por sí sola de la posibilidad de articular previamente todos los componentes sociales, políticos e institucionales que confluyen en la arquitectura de una solución que involucra a millares de integrantes de estas organizaciones cuya característica principal es la pertenencia al mundo del narcotráfico, hoy por hoy no solo el combustible principal del conflicto armado interno sino también un banquero inversor y prestamista de dimensiones y ramificaciones excepcionalmente vastos que han permeado casi todos los sectores de la vida nacional. Si la labor de la Justicia es investigar y juzgar, condenar y absolver, no deja ni por un momento de ser tarea de la Política y del Estado en su conjunto la misión de construir la salida del conflicto armado a todos y cada uno de quienes están dispuestos a abandonar la ilegalidad y el crimen para reintegrarse a la vida en sociedad, civilizada, pacífica y decente.

Lo anterior no nos resulta indiferente porque todo aquello que signifique quitarle oxígeno a las hostilidades y devolver la confianza y la seguridad a las comunidades fortalece el tejido social y nos pone como país y como ciudadanos en el camino virtuoso de la democracia y la prosperidad, que han sido entre 2004 y 2006 las razones por excelencia de nuestra propia desmovilización, la cual no concluye con nuestro desarme y reinserción, sino que es a partir de ese adiós a las armas que anhelamos sumarnos desde la civilidad, la libertad y el trabajo, a la construcción de Paz y Reconciliación, por lo cual iniciativas como las que pregona Monseñor Vidal merecen todo nuestro apoyo y solidaridad, conscientes que el país que soñamos no admite demoras y como rezaba San Francisco de Asís también nosotros invitamos a hacerlo con sus mismas palabras y sentimiento de hermandad: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz, donde haya odio, ponga yo amor, donde haya ofensa, ponga yo perdón, donde haya discordia ponga yo unión…”

Es con este espíritu de Reconciliación nacional y Fe en el Triunfo de la Paz sobre la guerra que hacemos llegar a Monseñor Julio César Vidal nuestro mensaje de augurios de éxito en su valiente misión de propiciar el acercamiento y el diálogo entre ilegales y Estado, entre ilegales y Sociedad civil, para que victimarios y víctimas se reconozcan como hermanos, los unos se arrepientan, rectifiquen y reparen, los otros escuchen, atiendan y provean soluciones que ayuden a cerrar las heridas, sanar los dolores, perdonar todo aquello que Dios nos ayude a perdonar.

Desde nuestro modestísimo lugar y condición de Desmovilizados y animados por el anhelo de sumar dignamente a la causa de la Reconciliación y la Paz estamos dispuestos a escuchar y replicar ante quien corresponda todas aquellas voces que, conscientes que las bacrim están generando el más alto índice de violencia en regiones como Córdoba y Urabá, entre otras, a lo largo y lo ancho del País, se solidarizan con la actividad pastoral y humanitaria de Monseñor Vidal en esta iniciativa que la Providencia de Dios ha puesto en sus manos con relación al llamado que le están haciendo dirigentes de estas organizaciones ilegales cuyo requerimiento de garantías jurídicas y beneficios por acogimiento voluntario a la Justicia constituyen un primer paso en la dirección correcta de comenzar a desmontar de uno en uno todos los impedimentos que alejan todavía del horizonte patrio el sueño de vivir y amar en nuestro País sin más víctimas, sin más victimarios.

Por esto le decimos agradecidos y enfáticos a Monseñor Vidal y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, de Colombia y del mundo, que pueden contar con nosotros y nosotras, desmovilizados y desmovilizadas, para servir humildemente al bien común y la armonía nacional como puentes de unión, artesanos de paz, labriegos de reconciliación.


Comité Editorial

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