domingo

No hay misión más bella, ni corazón más feliz, que cuando se trabaja por la Paz

EDITORIAL

Colombia, Septiembre de 2011



Los Desmovilizados de Colombia acompañamos fervorosamente la Semana por la Paz 2011, que se realiza del 4 al 11 de septiembre, por iniciativa del Secretariado Nacional de Pastoral Social de la Iglesia Católica, con la participación de ONG’S y diversas expresiones de la sociedad civil, la cultura y las comunidades religiosas. Compartimos enteramente el objetivo de comprometer a los colombianos en la construcción de la paz, "adquiriendo un compromiso individual y colectivo que respalde las acciones de reparación integral a las víctimas" de la guerra. Esta iniciativa se realiza todos los años desde 1994 para hacer visibles los procesos y esfuerzos de miles de personas que trabajan por el logro de la paz y por la construcción de iniciativas para dignificar la vida.

Los presentes son tiempos difíciles y dolorosos cuando el antiguo conflicto armado se extiende y ramifica, perdura y se degrada por la acción de múltiples actores e intrincados intereses cuyos tentáculos asfixian y atenazan el normal desarrollo de la democracia y los esfuerzos de la sociedad y los gobiernos nacional y departamentales por afianzar condiciones de trabajo y prosperidad, dignidad humana y justicia social.

Los sueños de Paz de las grandes mayorías nacionales chocan contra realidades sumamente complejas y enemigos poderosos que pugnan por imponer sus conveniencias y egoísmos a costa de los sufrimientos y las angustias de millones de compatriotas cuyas voces no son atendidas y sus necesidades son ignoradas por los brutales sistemas de opresión que imponen la guerra y el terror como métodos de coacción y sumisión, atentando contra las libertades individuales y el progreso social.

No será nada sencillo para Colombia salir del círculo fatídico y vicioso de la guerra y su financiación, la retórica propagandística y farisea, su secuela de víctimas y desprecio por la vida, el daño grave al ambiente y la naturaleza, sus cadenas de venganza y retaliaciones, saqueo de las arcas públicas generadas bajo las cortinas de humo y la confusión ética y moral que crecen como mala hierba en la sociedad y la política al amparo del ‘todo vale’ promovido por la desorientación del alma colectiva y la pérdida de valores tras décadas de violencia, corrupción e impunidad.

Por grandes que sean los obstáculos que se interponen la necesidad de construir la Paz sigue siendo prioridad y amerita todo nuestro esfuerzo y compromiso como desafío grandioso e ineludible, como meta donde hemos de hacer confluir lo mejor de Colombia y de su gente, sumando y multiplicando los corazones y las voluntades en pos de hacer realidad aquello que se ha venido postergando, década tras década, y sigue constituyendo la misión por excelencia, la misión de las misiones encomendada por el destino a las actuales generaciones de colombianas y colombianos.

Que la Paz de Colombia tiene enemigos lo sabemos, pero al fin de cuentas constituyen una minoría, poderosa e inescrupulosa pero minoría al fin. Son en cambio las grandes mayorías, deseosas de Paz, las que requieren de argumentos y sentimientos, razones y acompañamiento, prédica y organización, para deshacer los nudos de indiferencia, los desiertos de incomprensión y los inmovilismos que nacen del escepticismo y la desconfianza, y así acometer la gesta heroica y valiente de remover todo aquello que se interpone entre el presente de guerra y el futuro de Paz.

El gobierno del presidente Santos ha insinuado cada vez con mayor elocuencia que está decidido a emprender iniciativas audaces que permitan dar pasos en dirección de la Paz. Los máximos referentes de las guerrillas y también otros actores armados ilegales han hecho saber o han dejado trascender a los medios y a la Iglesia que están dispuestos a dar el paso que permita iniciar acercamientos con los representantes del Estado. Son apenas los primeros tanteos, sobre condiciones y aproximaciones, sus características incipientes y sus posibles desarrollos, nada en firme, nada sólido aún, pero que ha sido suficiente para despertar expectativas y crear al menos un ambiente de discreto y muy cauto optimismo.

Pero, así como somos mayoritarios en Colombia –afortunadamente- quienes sostenemos que los diálogos de Paz, serios y dirigidos al fondo de la cuestión, son necesarios, bienvenidos y reclaman merecidamente su espacio en la agenda nacional, no faltan aquellos que desde tribunas de opinión y fortines políticos se empeñan en desacreditar de raíz cualquier intento que se hace, o se vislumbre como posible en el horizonte, de acercar a las partes del conflicto armado en pos de arribar a una solución política que ponga fin a los enfrentamientos. Unos porque no creen en la voluntad de Paz de los alzados en armas e ilegales, otros porque no quieren asumir el costo político o económico de la Paz; tampoco faltan quienes solo razonan en términos de victoria militar o rendición incondicional del enemigo, así como hay quienes siguen aferrados a que o es Revolución o no es nada. Hay de todo en la viña del Señor y son estas peleas casadas y estos sectarismos arraigados los que dificultan que se abra camino un proceso de Paz, no lo impiden pero son contradicciones fuertes en el seno de la sociedad que habrá que superar con prudencia y persistencia, paciencia y elocuencia, para que desde el Estado y sus contrapartes rebeldes y sediciosas, se alienten aquellas voluntades que están dispuestas a dar el paso de la guerra a la Paz pero necesitan señales fuertes que cohesionen sus frentes internos, deliberantes y dubitativos, sobre la madurez en la sociedad para ponerle el hombro a conversaciones y acuerdos que no serán fáciles de alcanzar.

Se han conocido fragmentariamente apartes de iniciativas como la de la Comisión de Paz del Senado, liderada por el congresista Roy Barreras, y a estas horas en poder de la Presidencia de la Nación para su análisis, donde se cimentan las bases de un proyecto legislativo para un Nuevo Marco de Justicia Transicional. Se contemplaría allí, entre otras cosas, un Plebiscito o Constituyente, que permita conocer hasta dónde el pueblo está dispuesto a llegar y conceder para lograr la Paz de Colombia, su acuerdo con una amnistía condicionada, con recupero de derechos políticos, y en general todo aquello que haga compatible la Legislación internacional aceptada por Colombia con el ordenamiento legal interno, y esto en sintonía con la propia Constitución y la eventualidad y pertinencia de su adecuación a la consecución y afianzamiento de la Paz.

Quienes nos hemos desmovilizado en los años recientes en condiciones de precaria seguridad jurídica y tras procesos de enorme fragilidad política, incomprensión social y estigmatización mediática donde primaron el voluntarismo y la improvisación por parte de las autoridades – cuando no la lisa y llana mala fe- no podemos esta vez sino reclamar y esperar del aparato estatal y del Gobierno una actuación acorde con la magnitud y trascendencia de lo que está en juego, que es nada menos que la posibilidad de concretar la Paz de Colombia y garantizar la No Repetición de los ciclos de violencia y victimización.

Pertenecen al acumulado político de la Nación y la memoria colectiva de los colombianos los errores del pasado en cuestiones de procesos de Paz. Hemos hecho nuestra autocrítica y sobrada crítica existe sobre lo acontecido en los últimos treinta años en esta materia. Pero las críticas, ponderadas y rigurosas, no pueden llegar al punto de invalidar de antemano los procesos de Paz que aparecen en el horizonte del corto plazo como posibilidades latentes sobre las cuales no son admisibles ni las demoras injustificadas ni las condenas tajantes e inapelables, que por miedo al fracaso pretenden abortar el nacimiento de cualquier germen de diálogos de Paz.

Que vayan y le pregunten a Cano y su grupo, a Gabino y su grupo, si están dispuestos a abandonar las armas y venirse para las cárceles de Colombia, de Estados Unidos y tal vez de otros países a pagar o purgar penas, a desmovilizarse pero también renunciar a defender sus ideales desde los escenarios y tribunas públicas con plenos derechos y garantías, así como hallar ocupación laboral e inserción en el aparato productivo legal de la Nación.

Finalmente, y sin dejar de exigir, impulsar y concretar la debida Reparación de todas las víctimas así como exigir de todas las partes la No Repetición de actos de violencia, no podemos sino enfatizar los Desmovilizados de Colombia sobre la segunda oportunidad en esta vida que debemos estar dispuestos a conceder y garantizar a quienes vayan a entregar las armas anhelando Reconciliarse con la sociedad entera y bajo el amparo del Estado y la Constitución.

En un conflicto armado que se ha extendido ya más de cinco décadas somos muchos, muchísimos, quienes hemos sido sucesivamente, alternadamente, en algún momento por acción u omisión, ora víctimas ora victimarios, con mayor o menor responsabilidad, indiferentes o solidarios, tolerantes o intolerantes, para no reconocer ahora que todos hemos fallado, en mayor o menor medida, y que ante este lamentable estado de guerra, este tristísimo estado de cosas, todos estamos obligados en conciencia a aportar nuestro granito de arena para hacer posible la construcción de la Paz de Colombia.

Se avecinan horas de definiciones, horas donde estarán sobre la Mesa los elementos constitutivos del Gran Acuerdo Nacional, los componentes y los actores de la Hoja de Ruta que ha de llevarnos desde las orillas de la guerra a las orillas de la Paz. No se trata solo del diálogo y los acuerdos entre las partes de la guerra, también se trata del diálogo y el consenso entre los poderes de la democracia, entre los actores políticos, y en el seno mismo de la sociedad civil y las ciudadanas y ciudadanos todos.

No será sencillo, lo sabemos, pero los Desmovilizados de Colombia pondremos de nuestra parte todo para que resulte. Desmovilizarnos no ha significado desentendernos: quienes dimos el primer paso no lo hicimos solo por nosotros mismos, también lo hicimos para abrirles el camino a todos quienes permanecen en el monte… y ese camino lo seguiremos abriendo, insistiendo a derecha e izquierda, poniéndole el pecho a la brisa porque no hay misión más bella, ni corazón más feliz, que cuando se trabaja por la Paz.


Comité Editorial

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