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Nos duele el Cauca, nos duele Colombia

Editorial

Colombia, julio de 2012



Fuente: El Espectador

Nadie ignora la triste realidad que Colombia sigue azotada por la guerra, sin embargo, no lo olvidemos nunca, de las entrañas de quienes hacen la guerra habrá de nacer un día la paz. La paradoja de todo esto es que aun en los peores momentos del conflicto, cuando arrecia la violencia y se hace más difícil contener las emociones negativas hay que redoblar la apuesta, no una ni dos, sino cien, mil veces, por el silencio de los fusiles, por el milagro de la Reconciliación, por el punto final a tanta tragedia humana, a tanto resentimiento acumulado. Y hay que jugárnosla toda por la Paz y la Reconciliación desde la Compasión por quienes sufren, desde la Verdad de lo que pasa, desde el brazo tendido y el corazón dispuesto a escuchar los reclamos y las propuestas de todos quienes padecen las consecuencias de tanta violencia desatada. Lo nuestro, como desmovilizados, no es una posición política con vistas a una elección, no lo es desde una posición partidaria en pro de unos o de otros que quieren llevar agua para sus molinos, ni proselitista, ni ideológica.

La nuestra como desmovilizados es una posición política pero una posición política entendida como un derecho humano fundamental, como un derecho humano que tenemos por el solo hecho de haber nacido, por el solo hecho de habernos sentido un día culpables de ser actores de la guerra, pero también de ser hoy y desde hace unos cuantos años ya, desde el día de nuestro adiós a la guerra generadores de paz, defensores de la paz, si se quiere también políticos de la paz, porque la paz se construye dialogando, armonizando, acordando, en definitiva, la paz será el fruto de una voluntad política, de una decisión y unas prácticas políticas, políticas de paz a la que con todo derecho humano y elemental nos confiaremos como opción personal y comunitaria legítima y entrañable.

Los titulares de la prensa están enfocados en estos días al recrudecimiento del clima de hostilidades en el norte del Cauca, a la indignación indígena por los atropellos de las guerrillas y su falta de confianza en el Estado, al punto que rechazan la presencia de unos y otros actores del conflicto armado, reservándose incluso el derecho a la propia defensa que ponen en manos de la Guardia Indígena. Tanto las Fuerzas de Seguridad como las Farc pregonan que sus intenciones son las de crear las condiciones que hagan posible el diálogo y a partir de los acuerdos la instauración de la paz. Sin embargo, asistimos al recrudecimiento de la violencia, a la falta de entendimiento entre las partes y a una creciente sensación de desconfianza generalizada donde no se avanza sobre puntos de acercamiento sino que por el contrario se acentúan más las diferencias y el escenario luce hoy más propicio para un escalamiento del conflicto y el ingreso en una espiral de violencia que lesionaría aún más y gravemente a las comunidades campesinas e indígenas, y en general a toda la población civil.

La confusión reinante amenaza con detonar en el Cauca el fuego cruzado de todos contra todos sin que aparezca en la superficie la sensatez y el criterio que desactive con inteligencia lo que constituye quizás el nudo por excelencia del conflicto armado. Allí donde cada parte involucrada pretende sacar beneficio propio e imponer su voluntad sobre el resto, se aleja la posibilidad de generar los consensos mínimos que permitan acercar posiciones y armonizarlas. Como la historia reciente y no tan reciente de Colombia también ha evidenciado no existe situación por mala que resulte que no sea susceptible de empeorar. Es hora entonces de hallar en la dificultad presente por dura que nos golpee la fuente de inspiración que nos permita transformar la realidad indeseable en la realidad que anhelamos como sociedad, como Nación, como Estado de Derecho al que aspiramos.

A raíz de los sucesos del Cauca nadie ha recordado y si lo ha hecho nadie se atreve a decirlo, que si bien con toda legitimidad debe el Estado proteger a nuestras comunidades indígenas, también es cierto que éstas no han sido ajenas al conflicto, como por otra parte no lo han sido todos aquellos que han visto llegar a sus vidas la presencia de unos y otros actores del conflicto que desarrollan la guerra sobre territorios donde también conviven pacíficamente sus pobladores y que según las circunstancias deben sobrevivir y adaptarse a las circunstancias que impone la primacía de uno u otro actor armado, o incluso la influencia de ambos cuando se disputan desde dentro el mismo territorio.

Las Autodefensas de Ortega (Cauca) se desmovilizaron con el gobierno anterior y reconocieron su participación en el conflicto por largos años donde hicieron frente a las guerrillas y esperaron en vano la presencia del Estado hasta el momento que decidieron confiar en la política de seguridad estatal. Nadie puede ignorar que el conflicto armado ha terminado por permear siquiera mínimamente las poblaciones indígenas induciéndolas a participar directamente en el conflicto. No se trata que sean todas las comunidades indígenas ni siquiera una mayoría entre ellas, afortunadamente son solo una minoría pero que jalona y termina incidiendo hacia toda la gran masa indígena caso lo que está sucediendo en el Cauca, talvez son unos pocos lideres los que le están haciendo el juego a las guerrillas, pero ellos acaban arrastrando a buena parte del resto.


Quienes hemos pasado unos cuantos años en las autodefensas campesinas antes de nuestra desmovilización conocemos desde sus entrañas el monstruo de la guerra y ello nos obliga a no callar ninguna verdad por dolorosa que sea. Es por esto que sabemos que las comunidades campesinas así como las indígenas no deben ser estigmatizadas por intentar preservar su vida al amparo de unos o de otros de los bandos enfrentados, porque la guerra que las aflige no pide permiso sino que irrumpe en sus vidas y las obliga a tomar partido, o al menos a colaborar porque de no hacerlo sus vidas y las de sus familias corren toda clase de riesgos y calamidades.

Insistimos y seguiremos predicando sobre estas cuestiones no desde el ánimo sectario, mucho menos belicista, sino desde nuestros corazones que han dicho adiós a la guerra y lo hemos gritado a los cuatro vientos con la convicción de desmovilizados pero también como amantes de la paz, de la reconciliación, de la unión nacional.

A partir de nuestra desmovilización, a partir de nuestro compromiso con Justicia y Paz hemos definitivamente tomado partido de por vida, no por unos o por otros, sino por Colombia entera, por todas su gentes, por todas sus razas y todas sus culturas, y a eso dedicamos y dedicaremos nuestro presente y nuestro futuro desde la responsabilidad que nos da nuestra libertad de elegir, de proponer, de luchar pacíficamente por la solución de todos aquellos males que siguen produciendo a diario más víctimas, más desamparo, más pobreza.

Comité Editorial.

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