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Intervención Entrega Monumento a las Víctimas de los Montes de María













Discurso de Edwar Cobos Tellez leído en el acto de entrega del Monumento a las víctimas de los Montes de María

A la generosa tierra de San Juan de Nepomuceno y María la Baja, a sus veredas bendecidas por paisajes de ensueño, soles y lunas de legendario encanto, hemos venido hoy, desde distintos rincones del País, a reunirnos en este encuentro de víctimas y de otrora victimarios, cobijados por la soberana Justicia en memoria por los caídos. 

Al pie del emblemático Monumento que desde hoy nos acompaña e ilumina, me confieso conmovido hasta lo más hondo de mi alma, por la vitalidad campesina y laboriosa que brota de la noble materia que talló el artista con su genio creativo y pacífico. Con su bondadosa imagen, trabajadora y generosa llegó el campesino en su mula con su carga de ñame, como un Cristo presente que anda los caminos de estos tiempos y estos campos, entre violencias, miserias e injusticias, predicando la buena nueva de la Paz y la atención que necesitamos, tocando a la puerta de sus casas con la voluntad de echar raíces, dar buenos frutos y quedarse a vivir aquí entre ustedes como testimonio y reclamo de Verdad, Reconciliación y Justicia. Quiere ser el Monumento, un homenaje a la Vida que es todo lo que somos y llevamos dentro. Quiere ser un manifiesto en favor de la Memoria por los muertos que nunca debieron haber muerto. Quiere ser una invocación al Perdón como signo de encuentro y Reconciliación, entre quienes estamos necesitados de pedir Perdón y quienes tienen en sus corazones la llave de perdonar. 

La inscripción que leemos en el Monumento dice textualmente: “Eterna la Memoria, Sagrada la Vida, Divino el Perdón”. Pasarán los años, pasarán las guerras, y nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, al detener su paso ante el Monumento podrán cerrar sus ojos, silenciar sus oídos, serenar sus mentes y al recordarnos, oír en el latido de su corazón las voces de las generaciones pasadas, también la nuestra, que padecimos e hicimos padecer los horrores de la guerra pero supimos finalmente legarles en heredad el inmenso don de la Paz.

Como ya lo hicimos el 18 de enero de 2012, con la emoción a flor de piel y el corazón henchido de sincero homenaje y sentido reconocimiento por quienes hoy no están presentes físicamente, por todos aquellos que fueron asesinados sin ninguna justificación ni razón precisamente aquí, desgraciadamente aquí, en estos bellos paisajes de los Montes de María hace más de trece años, hermanas y hermanos campesinos y compatriotas cuyas almas nos acompañan por siempre y viven y seguirán viviendo en el sentimiento de todos aquellos que nos hemos propuesto No olvidar, No olvidar, No olvidar.

Por todas sus almas solicito de todo corazón un minuto de respetuoso silencio y al finalizar el minuto de silencio un fuerte, fortísimo aplauso que llegue hasta el Cielo donde seguramente están aquellos mártires cuya sangre jamás debió ser derramada ni su inocente vida sacrificada ante el altar ignominioso de una guerra oprobiosa.

El proceso de Justicia y Paz es un proceso arduo, extenuante, por momentos exasperante, cuyos frutos se van produciendo al andar, a cuentagotas, no sin vencer uno a uno grandes obstáculos, no sin recibir agrias recriminaciones, inmisericordes críticas, haciendo frente con decoro y paciencia a enormes escepticismos y cínicas descalificaciones. Sin embargo y pese a quien le pese, víctimas y victimarios –bajo el amparo de la Justicia y sus dignos y esforzados representantes- estamos haciendo historia de la buena, estamos produciendo un hito inédito del cual somos testigos y protagonistas, y que marcará con letras de molde un antes y un después insoslayable en los Procesos de Paz que se adelantan actualmente. Los victimarios con arrepentimiento sincero y humilde solicitud de Perdón, las víctimas con entereza y generosidad al perdonar, estamos jalonando e invitando con nuestro ejemplo a que quienes se empecinan en seguir combatiendo y matando cesen de hacerlo, cesen esta guerra fratricida que nos sigue asesinando, guerra que ha producido desgracias tan lamentables e irreparables como las del 11 de marzo de 2000, precisamente aquí, aquí donde hoy nos hallamos bajo la mirada tutelar de estas bellas montañas de los Montes de María, con el firme compromiso de Nunca más la guerra, Nunca más la muerte.

No espere nadie que de mis labios salga ninguna palabra que pueda ser interpretada como un asomo de justificación de lo injustificable, ningún atisbo de explicación que pretenda atenuar la gravedad y desproporcionada alevosía de lo aquí sucedido hace más de trece años. No me lo perdonaría yo y no me lo perdonarían mis hijos que pudiera siquiera rozar con alguna frase desafortunada el sentimiento de pesar y de vergüenza que me produce en el alma recordar el vía crucis de tantos campesinos y campesinas inocentes, cuyas vidas destinadas a vivir fueron truncadas en una hoguera de pasiones desbordadas por la fiebre delirante y contagiosa de una guerra que jamás debió comenzar, y que una vez desatada solo debe ser apaciguada, detenida, ella sí truncada desde la raíz de sus causas más profundas y sus consecuencias más dolorosas.

No considero necesario repetir hoy íntegramente lo expresado en Rosa de Mampuján, ante ustedes en nuestro primer encuentro. Todo lo dicho entonces permanece vigente. Las palabras están frescas aún y no quiero abusar de su paciencia y generosidad al dispensarme el uso de la palabra. Si hoy he puesto énfasis en la necesidad de recuperar y conservar como patrimonio de todos la Verdad y renovar el propósito de No olvidar, no es porque aliente de alguna manera el mantener abiertas las heridas. Todo lo contrario. Necesitamos todos, necesita el departamento, necesita Colombia entera, toda nuestra gente, sanar y cerrar las heridas, sanar y abrazarse con quien pudo ser su adversario, cesar los agravios y las ofensas, fortalecer el derecho de vivir y crecer en Paz. La memoria de lo sucedido y el aprendizaje y sanación consecuente impedirá que la trágica historia se repita, impedirá que sigan apareciendo nuevos victimarios y nuevas víctimas.

De lo manifestado por mí, solo quisiera volver sobre lo dicho entonces en un apretado y selectivo resumen de aquel momento cuando mis lágrimas pugnaban por salir a la luz y mi corazón latía y latía con fuerza incontenible:

“No es fácil estar hoy aquí parado frente a ustedes, no hay palabras que puedan explicar lo inexplicable y mucho menos remediar lo irremediable. Las medidas de Reparación fijadas en este fallo, son solo medidas que pueden mitigar en parte el daño material causado, porque las heridas que se llevan en el corazón y en el alma, solo DIOS con su infinita misericordia y bondad podrá sanarlas o ayudar a llevarlas en Paz consigo mismo en el duro trasegar de una vida llena de hermosos recuerdos con quienes hoy ya no están.”

“Me comprometí como muestra de la Reparación Simbólica o Moral y así está consignado en el fallo, con la elaboración de un Monumento como símbolo de recordación permanente a las víctimas de los hechos aquí acaecidos, que sirva de homenaje póstumo a quienes hoy ya no están y también como homenaje a las Familias desplazadas, que sea un sitio de recogimiento espiritual, de visita permanente para ofrendar a los ausentes y de encuentro fraternal de quienes muy seguramente harán de nuevo de este lugar una Comunidad de Paz y de Amor, como lo era 13 años atrás.”

Aquellas palabras, les decía en Rosa de Mampuján y hoy lo reafirmo con la convicción que me anima y que día tras día se fortalece: no habrá mejor homenaje a quienes cayeron durante la guerra que unir nuestros esfuerzos para construir la Paz, esa Paz que nos Reconcilie con la Vida, que nos una en el Amor, que nos bendiga con Trabajo y Prosperidad. No hay otro presente que el presente que compartimos hoy, no habrá otro futuro diferente al que sepamos realizar con hechos de Paz y Reconciliación, con manifestaciones de arrepentimiento, con ejemplos de Perdón. No son solo bellas palabras, si es el corazón quien las expresa, si nacen del convencimiento y el compromiso sagrado de honrar la palabra con los hechos.

Sea entonces este el momento propicio para destacar que de las palabras debemos ahora sí todos dar paso a los hechos, que no los hay pequeños ni insignificantes, todos deben conducirnos del presente frágil al futuro consistente que anhelamos. Que sepamos todos sin exclusión estar a la altura de los acontecimientos y de las necesidades y metas que nos hemos propuesto satisfacer.

Señoras, Señores, Jóvenes y Niños víctimas de Mampujan, Las Brisas, Haya, Pela el Ojo, San Cayetano, Yucalito y todas las Veredas vecinas de los Municipios de María la Baja y San Juan de Nepomuceno afectadas con nuestro accionar, con humildad y sinceridad les pido una y mil veces Perdón, Perdón por todo el daño causado, Perdón por haber sido instrumento de la guerra, Perdón, sinceramente Perdón por todo lo sucedido que jamás debió suceder.  Créanme que seguiré luchando por alcanzar el Perdón de ustedes algún día, como no descansaré de trabajar por la Paz y la Reconciliación entre los hermanos Colombianos, buscando con mis acciones presentes y futuras garantizar la NO Repetición de los hechos sufridos por las comunidades, como así mismo con ello lograr el Perdón de DIOS.

A trece años de la tragedia que hoy nos tiene acá, por la que no me cansaré nunca de pedir Perdón, el Perdón de las víctimas y el Perdón de Dios, reitero enfáticamente que a más de ocho años de mi desmovilización, a más de ocho años de mi abandono de las armas, mi decisión de seguir insistiendo en los caminos de Paz permanece incólume. Mi voluntad de sumarme incondicionalmente a los esfuerzos que en tal dirección se promueven desde el Alto Gobierno, me mantiene alerta a todo llamado que responda auténticamente al clamor de Colombia por la Paz.

Sostengo que no se trata de rememorar lo sucedido el 11 de marzo de 2000 solamente como algo del pasado nefasto cuyo recuerdo yace en las páginas luctuosas de la Historia, sino que también lo considero un signo viviente de los tiempos pasados que ilumina el presente y los caminos hacia el futuro que nos debemos, que nos invita a construir el País y la sociedad que soñamos, esa Colombia rural y urbana donde nuestros hijos se formen e instruyan como ciudadanos de bien y no sigan reproduciendo las condiciones que en el pasado y hoy todavía impulsan a tomar un fusil, a matar y morir por una causa u otra.

Mientras persistimos en el esfuerzo por mitigar las consecuencias del pasado, alzo mi voz al Cielo  desde los bellísimos Montes de María a fin de que tanta experiencia dolorosa y triste, acumulada por todos nosotros en los aciagos tiempos de la guerra se transmute en savia redentora que nutra los espíritus en pos del Perdón que nos Reconcilie, y que superando los escollos y afrentas del pasado todos nuestros muertos resuciten a la vida, esa vida eterna e infinita, por la cual sean nuestros actos y nuestros pensamientos el mejor homenaje, la mejor e inolvidable compañía que venza la nostalgia y la melancolía por tanta ausencia inmerecida.

Concluyo esta intervención con una breve oración que desde lo más profundo de mi corazón y con la bendición de Dios quiero compartir con todos ustedes:

“Te pido Dios mío que nos ayudes a construir nuestras vidas en el amor y la comunión de nuestras almas, que nos des la salud física y espiritual, que no nos falte el sustento del cuerpo y del corazón. En especial te pido que no nos falten Tus orientaciones, directivas e intuiciones a fin de hallar finalmente el camino que nos lleve a permanecer siempre muy cerca de nuestros seres queridos, en el remanso de la Paz personal y familiar.

Te pido todo esto para que pueda lograrse de manera perfecta, en armonía con todo el mundo y en estado de gracia. Por nuestras intenciones y las de nuestros seres queridos, por todos aquellos que anhelamos la Paz de Colombia, para que Dios nos ilumine y reconforte hasta conseguirla. Que ya no existan el tú, ni el yo, ni el ellos. Que todos seamos sencilla y solidariamente nosotros, nosotros y nuestros muertos, nosotros unidos por la vida que es memoria y futuro, arrepentimiento y Perdón. Te doy gracias Dios mío porque ya nos has oído.”


“Eterna la Memoria, Sagrada la Vida, Divino el Perdón”


Muchas gracias.



San Juan de Nepomuceno - Bolívar, Octubre 28 de 2013.



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