jueves


Bogotá, 1 de septiembre de 2017

Centro de Memoria Histórica
Encuentro por la Reconciliación

Documento "El arte del zurcido y la Reconciliación"
Preparado por Fredy Rendón Herrera
En representación del Colectivo de Desmovilizados AUC

Ante la pregunta, ¿Cuál debe ser la vía para la reconciliación que recorra el país? comenzaré diciendo que no existe una sola receta ni tampoco un manual para alcanzar la Reconciliación. Una gran variedad de factores nos impide prever cuánto durará este proceso de recuperación del tejido social victimizado y qué características irá incorporando su recomposición en las diferentes geografías y contextos del territorio nacional.

Las víctimas que ha producido la guerra en Colombia son demasiadas. Sus heridas son profundas y de naturaleza muy variada. Son personales, pero también colectivas, y en su reconocimiento y sanación, todo el cuerpo social está llamado a responder, de una u otra manera.

Ya quisiéramos que las heridas por sanar y las partes por reconciliar, fuesen sólo las de la violencia física que desde diferentes posiciones los responsables de los grupos armados en la confrontación ejercimos, bien contra quienes considerábamos enemigos, o bien contra personas de la población, quienes, sin ninguna justificación, fueron afectadas de manera voluntaria o involuntaria por nuestras acciones y decisiones.

La primera estación en éste proceso, más viacrucis que viaje, es el reconocimiento sincero, a veces necesariamente crudo e inevitablemente doloroso, del otro, como víctima o como victimario, reconocimiento que inevitablemente nos devuelve una imagen, como en un espejo, en la cual reconocemos nuestra propia condición. Y ese reconocimiento es inevitablemente doloroso e innegable.

Ese reconocimiento, en nuestro caso, requiere de la búsqueda de respuestas en nuestro interior, pues la responsabilidad no sólo implica la asunción de culpas, sino además la obligación de dar respuestas. Y esas respuestas no atienden sólo a la necesidad externa de cumplir con un proceso judicial, o de dar en alguna medida satisfacción a los requerimientos de las personas y los grupos sociales victimizados, sino que implica además una necesidad interior de restaurar en nosotros mismos esa humanidad desvanecida y deformada por la guerra, y por eso, lejos de tratar de justificarnos, hemos tratado de comprender y explicar las dinámicas que nos llevaron a protagonizar el conflicto.

Mi trabajo, al igual que el de otros miembros de las autodefensas, en el proceso judicial en el marco de la ley 975 o de Justicia y Paz, ha sido muy difícil, en el tema de reconocimiento y reparación de nuestras víctimas. A la gran dificultad que implica de por sí esa tarea de reconocimiento, se han sumado los innumerables obstáculos logísticos en el proceso de investigación y juzgamiento. Esto se ha dado en parte por la novedad, pues el proceso de Justicia y Paz fue el pionero en Colombia en cuanto a justicia transicional y restaurativa. Así mismo, por la realidad de que hay muchos actores y determinadores de las acciones del conflicto que permanecen en el nebuloso anonimato de la impunidad, y cada vez que en nuestras versiones libres empezamos, como responsables ante la sociedad, y de cara a las víctimas y a la justicia, a tratar de ayudarnos a comprender las difusas dinámicas que llevaron a las acciones concretas, entonces vienen las amenazas, en el mejor de los casos, y las represalias, las persecuciones, los asesinatos de familiares y compañeros.

La verdad, no es simplemente un insumo de la justicia, ni es un simple requisito de cara al otorgamiento de un beneficio jurídico como es la pena alternativa. La verdad es condición de la reparación a las víctimas, y es elemento sustantivo, tanto de la justicia, como de nuestra propia restauración como seres humanos. Pero esa verdad no es el simple reconocimiento de hechos que, de por sí están grabados con dolor y sangre en la memoria de las víctimas. La verdad implica el develar contextos y dinámicas que puedan explicar, aunque nunca justificar, las razones y los intereses que dinamizan esta larga guerra. 

Así pues, mi respuesta hoy es que la primera tarea en aras de que la reconciliación pueda empezar a germinar en nuestra amada Colombia, es mediante la construcción de una memoria colectiva que ponga en contexto las acciones con sus actores, con sus determinadores y con sus intereses, pues solo así, desde una comprensión amplia de lo que ha pasado, que trascienda a la mera enunciación de los hechos y a nombrar víctimas y culpables, estaremos en capacidad, todos como sociedad, de ofrecer garantías de no repetición de la tragedia.

La construcción de esa memoria, debería ser en y desde las diferentes regiones que han sido victimizadas por la violencia, pues son muy distintas las historias del Sur de Bolívar a las de Ciudad Bolívar, y solo desde los diferentes contextos regionales podremos comprender qué podemos hacer para tratar de restaurar, en la medida de lo posible, a personas, a grupos sociales e instituciones diversas que fueron afectadas.

Mientras en una comunidad priman los relatos de persecuciones políticas, en otra pueden destacarse las agresiones por género y en otra, las historias de despojo material. Es por eso que todas las regiones y municipios deberían constituir unos escenarios de encuentro y diálogo para la memoria histórica, que de alguna manera sean a su vez, espacios para la búsqueda de la reconciliación mediante el desarrollo de agendas académicas y sociales que nos permitan ese reconocimiento mutuo del que hablábamos al comienzo de esta intervención. Pero deben hacerse desde enfoques diferenciados, tanto atendiendo a las diversidades culturales de las regiones, como a las condiciones e identidades de las personas, de manera que mientras para unos el instrumento de exploración colectiva puede ser la música, por ejemplo en el caso de los jóvenes, para los niños deben darse aproximaciones desde la lúdica, y en el caso de hombres y mujeres adultos la reconstrucción histórica, puede ser paralela al desarrollo de nuevas posibilidades para sus respectivos proyectos de vida, bien sea desde las asociaciones, desde la educación, desde la solidaridad o desde manifestaciones artísticas y culturales.

Una vez que por las vías de la verdad, la justicia, la memoria y la reparación,hayamos constituido un terreno fértil de paz, estaremos, en estos mismos centros de reconstrucción del tejido social y humano, en condiciones de empezar a adelantar prácticas de reconciliación, en lo individual y en lo colectivo, pues las formas en las que nuestra sociedad ha terminado agrietada, dividida, polarizada y enfrentada, son muchas, y en todas ellas son necesarias vías de reconciliación.

Una metáfora de la reconciliación, puede ser el viejo y doméstico arte del Zurcido. Cuando de niños rompíamos en alguna alambrada el pantalón dominguero, nuestras madres no procedían simplemente a coserlos o a remendarlos. Los zurcían, restaurando el tejido roto, usando para ello hilos que obtenían de los bordes de la misma prenda, y con ellos imitaban de la mejor manera la trama original de la tela, de manera que, terminada tal artesanía, era difícil para el ojo ubicar nuevamente el sitio del daño. Asmismo, nuestra labor reconciliadora no será fácil, como lo serían parches o remiendos. Será un proceso largo y laborioso, que se tendrá que ir tejiendo poco a poco, con los mismos hilos de nuestro tejido social, es decir, con nosotros, hombres, mujeres y niños que desde diferentes ángulos participamos de las rupturas, y lo hacemos ahora de este proceso de restauración social.

Hoy, en este Centro de Memoria Histórica, sembraremos un árbol, pero nuestra esperanza es que logremos consolidar en Colombia un clima de paz con justicia, que permita multiplicar esta acción por miles y millones, hasta que tengamos un inmenso bosque, en el cual, como las ramas de los árboles, o la trama de los hilos, nuestras vidas se entrelacen y podamos tener nuevamente una patria unida y en paz. De esta manera, nos convertiremos todos, desde hoy y para siempre en los garantes más fieles y consecuentes de la no repetición.


 



 

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